Este hombre ha logrado mantener su rostro fuera de internet durante dos décadas

Este hombre ha logrado mantener su rostro fuera de internet durante dos décadas

 

Es imposible describir el físico de Jonathan Hirshon si no se le conoce en persona. Es imposible describirlo porque no hay fotos suyas en internet. Una búsqueda por su nombre en Google nos presenta a personas de lo más variopintas y, si hacemos caso al propio Hirshon, ninguno de ellos es él.

Sin embargo, Jonathan es toda una eminencia en la bahía de San Francisco. Es propietario de una empresa de comunicación y relaciones públicas y trabajó un tiempo en Apple desempeñado esas tareas. La prestigiosa revista Business Week lo bautizó como “el gurú de Silicon Valley”. Entonces, ¿cómo es posible que no exista ninguna foto suya?

 

La bomba de humo digital definitiva

Hace más de 20 años, Jonathan Hirshon decidió que su imagen no aparecería en internet. Dos décadas después, con la explosión del exhibicionismo que trajeron las redes sociales, sigue en sus trece. Lo que comenzó como “un juego”, según explica a Teknautas, es ahora un firme principio a la vez que una llamada de atención sobre el declive de la privacidad online.

A mediados de los años 90, internet daba sus primeros pasos entre la población de a pie. Hirshon decidió entonces que su imagen no aparecería entre tantos bits. “Me di cuenta de que iba a afectar a nuestras vidas de muy diferentes maneras”, recuerda. “Quizá no entonces, pero pronto. Así que tomé esa decisión. Creo que es uno de los mayores inventos de los últimos cien años, pero saqué mi foto de ahí”, se ríe.

Han pasado más de dos décadas y cada vez que Jonathan ve una cámara, en una fiesta o cualquier otro acontecimiento, se aleja para evitar salir en una imagen. “Si alguien toma una foto antes de que pueda escapar, simplemente me acerco y le digo: ‘¿Podría no subir esta imagen en particular?’”

¿Cómo se toma la gente dicha petición? “La reacción es normalmente de sorpresa. Ellos preguntan por qué y yo les explico que prefiero no tener mi foto en la red. Todos bromean sobre eso. Algunas veces me dicen que estoy en el programa de protección de testigos”. Eso sí, lo respetan y no la suben. A la vista está.

En 2014, The Unofficial Apple Weblog (ahora una sección de Engadget) publicó un vídeo sobre los años que Jonathan estuvo trabajando en Apple. Como se puede ver, toda la charla se realizó con él de perfil ante una ventana, a contraluz. Apenas se pueden distinguir unas gafas, una cara redonda y una gorra. En 2013, el bloguero de tecnología Robert Scoble publicó una imagen del gurú en su cuenta de Google+. Llevaba un pasamontañas, seguía con las gafas y se veía una ligera barriga.

Obviamente, sus perfiles en redes sociales no tienen imágenes humanas. En Twitter y about.me, una misteriosa cara masculina escudriña al voyeur. En LinkedIn, un globo terráqueo. No conocemos su rostro, pero Jonathan nos habla con una voz afable, cariñosa, mientras relata su experiencia.

Sin embargo, su tono se vuelve más grave cuando carga contra los malos hábitos de las personas en torno a la identidad digital, el tema sobre el que orbita la conversación aparte de su propia experiencia. “Mi vida es mía. No pertenece a Google. No pertenece a Facebook. La comparto con la gente con la que la quiero compartir, pero es mi vida. Debería ser la elección de cada uno”, argumenta.

Jonathan alaba el derecho al olvido que tenemos en la Unión Europea. “Es una prueba de que la gente en Europa verdaderamente se preocupa” por su presencia en internet. “Es algo que Estados Unidos aún no ha alcanzado”, reconoce, aunque espera que su país y otras regiones del mundo sigan el mismo camino que el Viejo Continente.

Si alguien sigue los pasos de Jonathan y tiene cuidado con las imágenes que toma de sí mismo o que otros toman de él, evitará problemas a la hora de, por ejemplo, encontrar un trabajo: “Quizá una foto en la que estás completamente borracho. Acabas de graduarte de la universidad y lo último que necesitas es que un potencial jefe te vea. Deberías tener el derecho de no tener esa foto allí”.

Además del cuidado por la identidad digital, Jonathan alerta una vez más sobre el uso que pueden hacer de esas imágenes los servicios donde las subimos. “No quiero ver mi imagen, mi cara, asociada a un anuncio para el que no he dado permiso”, explica. Para ilustrarlo, menciona la aplicación que unos ingenieros de Microsoft presentaron hace unos meses, capaz de adivinar (o eso decía) la edad de una persona tras subir su foto. ¿Cuántas imágenes recopiló la compañía? “Creo que debo tener los derechos de mi propia privacidad. Tu identidad digital es de tu propiedad”, afirma.

Jonathan no tiene hijos, pero también está preocupado por cómo muchos padres comienzan a difundir la imagen de los niños desde el mismo momento en que nacen. Por eso hace un llamamiento a los progenitores para que eviten compartir imágenes del menor hasta los 13 años, cuando ya tendrán un cierto raciocinio para saber qué hacer con ella: “Dadles a esos niños algo que otra mucha gente en el planeta no tiene”, dice. “La gente olvida que cada vez que sube una foto a Facebook está dando los derechos para hacer lo que ellos quieran”.

 

Un experimento para engañar al algoritmo

Hace unas semanas, Jonathan pidió a sus contactos en Facebook (donde tiene imágenes tan al azar como el Hermes Conrad de Futurama o una bandera de Francia) que lo etiquetaran en fotos aleatorias: “Una hoja en el viento, un mono aullador, ecuaciones, George Clooney, un gran y humeante montón de mierda… Selecciona la imagen que crees que más me pega”.

El propósito es despistar a los algoritmos de Facebook y Google Imágenes para que lo identifiquen con estas fotos arbitrarias. Cualquier cosa con tal de esconder su imagen real en los buscadores.

“No espero que ninguna otra persona llegue a este extremo”, admite. Es más, sabe que está rodeado de cámaras y que su imagen, al fin y al cabo, está en documentos de identidad y en el fondo de muchas fotografías que no ha podido esquivar. Es consciente de que el juego podría terminar pronto, pero habrá servido para algo si consigue que la gente “reflexione sobre lo que está haciendo con su privacidad”.

Lo que empezó como una broma o una declaración de principios es ahora un férreo alegato a favor de defender la propia imagen. ¿Alguien se atreve a seguir su estela?

 

Fuente: El Confidencial



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